Chile inició el cierre de escuelas el 16 de marzo de 2020 tras la llegada del COVID-19 al país. Con esta medida, 1.514.761 estudiantes de educación básica vieron alterados sus procesos de aprendizaje presencial en recintos escolares, establecimientos que debieron adaptar sus acciones de enseñanza a modalidad remota durante todo el año pasado. Frente a esta nueva realidad educacional impuesta por la crisis sanitaria, que continúa hasta hoy, el 10° informe de Vida en Pandemia, investigación longitudinal de la U. de Chile sobre el impacto de la crisis sanitaria en la población, evaluó cuánto aprendieron niños y niñas con la educación a distancia durante el primer año de pandemia, según sus padres, madres y cuidadores/as.

De acuerdo al estudio, que encuestó a 738 personas que viven con niños y niñas de 1° a 4° básico, en un universo de 2.019 entrevistados y entrevistadas, 68 por ciento consideró que sus hijos han aprendido menos o mucho menos con la educación a distancia; mientras un 20 por ciento sostuvo que han aprendido lo mismo y solo un 12 por ciento planteó que han aprendido más o mucho más. Este deterioro en el aprendizaje sería mayor en estudiantes de 2° y 3° básico, quienes habrían aprendido menos o mucho menos en un 72 y 70 por ciento, respectivamente.

Las mayores diferencias entre los grupos de estudio están determinadas por factores socioeconómicos. Uno de los sectores más críticos con la educación a distancia fue el de personas con hijos en escuelas particulares pagadas, quienes en un 72 por ciento afirmaron que estos han aprendido menos o mucho menos. Asimismo, en comunas del Sector Oriente de Santiago, aquellas donde viven los grupos de mayores ingresos y donde habitan los estudiantes que asisten a escuelas pagadas, la crítica a esta modalidad alcanza al 74 por ciento, evaluación negativa que llega a un 83 por ciento en el caso de los hombres.

Fabián Duarte, académico de la Facultad de Economía y Negocios de la U. de Chile, director del Núcleo Milenio en Desarrollo Social (DESOC) y uno de los investigadores de Vida en Pandemia, sostiene que las razones detrás de este fenómeno estarían asociadas a que “por un lado, la educación privada es pagada, y se acerca más a que las personas son clientes y exigen un buen servicio. Por otro lado, también en la educación privada se ven las cifras más altas en SIMCE o PSU, por lo que la calidad parece ser más alta y entonces las personas están adecuadas a ese nivel de calidad y ven que en la pandemia eso es muy complejo”.

Desconcentrados y sin ganas de hacer tareas
El estudio, apoyado por Unesco, indagó además en la percepción de los adultos sobre la experiencia de niños y niñas frente a la educación a distancia. Los resultados indicaron que un 68 por ciento de los estudiantes experimentaría alguna dificultad, cifra que llega al 76 por ciento en el reporte que dan mujeres. Distinguiendo por tipo de establecimiento, en tanto, los padres, madres o cuidadores que plantean dificultades frente a esta modalidad llegan a un 65 por ciento en escuelas particulares pagadas, a un 67 por ciento en subvencionadas y a un 70 por ciento en establecimientos estatales.

Respecto al tipo de dificultades vividas, la frecuencia más alta reportada corresponde a los problemas para concentrarse, con un 36 por ciento. Esta es seguida por un 32 por ciento de personas que indican que sus hijos no quieren hacer tareas y por un 30 por ciento que ve desmotivación. Más atrás, un 28 por ciento declara que no quieren conectarse a clases y un 24 por ciento que se sienten cansados. En términos generales, las mujeres nuevamente manifiestan un porcentaje considerablemente mayor de dificultades en el aprendizaje de los estudiantes durante este período que los hombres.

Frente a estos resultados, Irma Palma, psicóloga, académica de la Facultad de Ciencias Sociales de la U. de Chile e investigadora principal de Vida en Pandemia, comenta que “hay niños y niñas para quienes estudiar a distancia está siendo una experiencia extraordinariamente difícil, pero, ¿esto podría ser de otra manera?”. Por esto, agrega, “además del ajuste necesario para arribar a una pedagogía de emergencia por parte de las escuelas, el trabajo educativo en casa habría que pensarlo en proximidad al trabajo emocional, porque la “gestión” de las emociones resulta fundamental en crisis como esta, y la experiencia de la educación a distancia, requiere pensarlo como tal”.

El reporte sobre el estado de ánimo de niños y niñas indica que un 58 por ciento está animado o muy animado y solo un 16 por ciento está desanimado o muy desanimado. En este punto, los hombres observan un mejor estado de ánimo infantil que las mujeres. Un 65 por ciento señala que los escolares están animados o muy animados y solo un 13 por ciento afirma que están desanimados o muy desanimados. En las mujeres, esta proporción es 51 y 19 por ciento, respectivamente. Un fenómeno similar ocurre al comparar por grupos etarios. La generación más joven, entre 20 y 34 años, plantea que 55 por ciento está animado o muy animado y un 18 por ciento está desanimado o muy desanimado; mientras que en personas sobre 45 años esta proporción es 65 y 15 por ciento, respectivamente.

También se aprecian diferencias por grupo socioeconómico. En el segmento de mayores recursos, un 64 por ciento manifiesta que niños y niñas están animados o muy animados, mientras en el de menores ingresos esta cifra alcanza al 53 por ciento. En la misma línea, un 65 por ciento de las personas de comunas de más altos ingresos en la Región Metropolitana responde que sus hijos están animados o muy animados y solo un 12 por ciento dice que están desanimados o muy desanimados; mientras que en otras comunas esta proporción es 56 y 16 por ciento, respectivamente.

Por otra parte, un 41 por ciento comparte la afirmación “El niño o niña cree que las clases y trabajos son entretenidos” y 64 por ciento afirma que profesores y profesoras han asumido una función de soporte emocional de los estudiantes.

Brechas materiales y uso de tecnologías
La encuesta reveló además importantes brechas socioeconómicas en las condiciones materiales para la educación remota. Mientras un 76 por ciento de niños y niñas en segmentos de mayores ingresos tuvo un computador o tablet para uso individual y un 23 por ciento tuvo acceso a un equipo compartido, la disponibilidad individual de estos dispositivos en sectores de menores recursos alcanzó solo a un 45 por ciento y un 16 por ciento afirmó que no cuenta con computador o tablet. Estas diferencias también se replican de manera muy similar según el tipo de establecimiento educacional. La disponibilidad de computador o tablet individual en escuelas particulares pagadas llega a 74 por ciento y a 49 por ciento en recintos municipales.

Sobre el espacio disponible para estudio en las casas, un 84 por ciento manifestó que niños y niñas disponen de este. Sin embargo, existen diferencias según la escuela a la que asisten los estudiantes y el grupo socioeconómico en el que están. De acuerdo al reporte, en las escuelas pagadas 92 por ciento tiene espacio, en las subvencionadas 82 por ciento y en las estatales 81 por ciento. Esta condición material es reportada por el 89 por ciento del segmento de mayores recursos y por el 79 por ciento del grupo de menores ingresos. Esto se traduce en que uno de cada cinco niños en los sectores más vulnerables no tuvo un espacio para estudiar en su casa durante la pandemia.

El acceso a internet fija -continua y de calidad- alcanzó al 84 por ciento de los entrevistados. En las escuelas pagadas, esta condición es informada por el 92 por ciento de las personas, en las subvencionadas por un 82 por ciento y en las municipales o estatales por un 79 por ciento. La diferencia en este ámbito es más pronunciada según grupo socioeconómico: a menor ingreso, menor acceso. En síntesis, 23 puntos porcentuales separan al segmento de menores ingresos (71 por ciento) de los sectores más acomodados (94 por ciento) en relación a la disponibilidad de internet.

En cuanto al uso de las tecnologías para el estudio, este se incrementó a lo largo del 2020. En marzo, 22 por ciento no usaba internet para estudiar, cifra que en noviembre llegó a solo 8 por ciento; mientras que los niños y niñas que dedicaron tres o más horas de estudio mediante estos equipos a la semana subieron de 31 por ciento en marzo a 48 por ciento en noviembre. Por otra parte, se registró una diferencia significativa en esta materia según el tipo de establecimiento educacional: el 58 por ciento de los niños y niñas que asisten a las escuelas pagadas estudia tres o más horas con dispositivos electrónicos, en las escuelas estatales lo hace un 35 por ciento y en las subvencionadas alcanza una frecuencia intermedia de 49 por ciento.

Ante estas diferencias en las condiciones materiales y uso de tecnologías, Fabián Duarte plantea que “esta es una discusión que se debió dar el primer semestre del 2020. Ahí ya nos dimos cuenta de la brecha digital, en acceso a Internet, en computadores en el hogar, en materiales para los profesores y profesoras, en capacitación digital. Es un tema urgente, y no solo para la contingencia, tener acceso a Internet, tener computadores, tener niños y niñas y profesores más tecnologizados es fundamental. El Estado debe tomar cartas en el asunto y guiar esta transformación digital de las escuelas y de los hogares. Esta inversión puede ser muy útil no solo para otras pandemias, sino también para dar un salto en productividad”.

Falta de corresponsabilidad educativa
El trabajo de asistencia educativa infantil presentó una disminución en su intensidad a lo largo del 2020. En marzo, 50 por ciento declaraba realizar esta labor todos los días de la semana, cifra que en noviembre llegó a 33 por ciento. Quienes no lo hicieron nunca o solo una vez a la semana, en tanto, subieron de 20 a 28 por ciento.

Diferenciando por género, un 58 por ciento de las mujeres en marzo trabajó los cinco días de la semana en asistencia y los hombres solo 41 por ciento; unas y otros descendieron, pero las mujeres alcanzaron 41 por ciento y los hombres 23 por ciento al final del año escolar. Otro aspecto relevante es que 14 por ciento de las mujeres lo hicieron nunca o solo un día en marzo y 19 por ciento en noviembre, mientras que los hombres que lo hicieron nunca o solo un día crecieron de 26 por ciento en marzo a 39 por ciento en noviembre. “Supervisar, ayudar o acompañar el estudiar en casa es trabajo. Muy desequilibrado el tiempo del trabajo educativo, del comienzo al final del año escolar, en favor de los hombres, la educación a distancia vino a profundizar la antigua distribución desigual del trabajo no remunerado en el hogar”, señala Irma Palma.

Respecto al proceso de aprendizaje asociado a este rol de asistente educativo, un 40 por ciento de los entrevistados en marzo señalaba que esta tarea se presentaba como difícil o muy difícil, y para 29 por ciento era fácil o muy fácil. Nueve meses después, estas cifras evolucionaron a 31 y 38 por ciento, respectivamente. En este ámbito, también hay una diferencia de género que se mantiene a lo largo del año escolar. Los hombres que calificaron esta labor como difícil o muy difícil bajaron de 33 por ciento en marzo a 27 por ciento en noviembre y las mujeres pasaron de 46 a 38 por ciento. Si bien ambos experimentaron una menor dificultad a lo largo del año, destaca que hubo más mujeres obligadas a la asistencia de niños y niñas pese a que les era más difícil.

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